domingo, 21 de febrero de 2021

La seducción

Durante la última semana cuatro diferentes mujeres me contaron sus vidas: una intentó violarme y otra me está seduciendo. Bonita semana para alguien acostumbrado a la vida tranquila, sedentaria y sin grandes emociones.
Si por separado cualquiera de ellas es un mundo, un pequeño mundo, juntas conforman un universo. La problemática personal, la familiar, la social, el amor, el adulterio, la frigidez, el lesbianismo, la degradación, la droga, la cárcel, son aspectos aislados de unas vidas que por azar han confluido, de golpe, sobre mi existencia.
De las cuatro, tres están solas. Una añorando un amor imposible, otra huyendo de las mujeres que la tientan, la arrastran y la poseen.
La última buscando en el sexo de los hombres el inútil remedio a su frigidez. La cuarta solo lucha contra su mente, pero aun, contra una experiencia juvenil que la marca de forma indeleble. Las dudas que tal hecho le plantean hacen que a veces, reniegue de lo que tiene, que recuerde con dicha los días en que cuidaba con celo su amor prohibido, que intente lanzarse a aventuras eróticas desprovistas de futuro pero cuajadas de realidades, que se empeñe en conseguir, como en sus años mozos, todo lo que desea, aunque para ello tenga que fingir. Quiere volver a sentir ese gusto agridulce de lo prohibido, vivir el suspense de la mentira, gozar con el placer del engaño.

Las tres primeras, en algún momento, buscaron mi cuerpo y lo encontraron dispuesto. Para ambos fue la culminación momentánea de un estado de exaltación erótica. Fue, como diría Gala, “ese tránsito fugaz de la amistad al amor al interponerse entre nosotros el sexo”, fue un intento de unir las mentes mediante el vínculo del cuerpo. Esto que en muchos casos termina en fracaso, fue para nosotros, sino un éxito sí la continuidad de una amistad.
El diablo puso ya en la mente de la primera mujer el germen satánico de la seducción. Desde entonces, su poder aunque encubierto, ha ido creciendo constantemente. Es muy difícil que lo que desee lo consiga, sobre todo si el hombre entra en su juego. Qué razón tiene ese viejo proverbio chino al decir “si cuando una mujer te habla, no quieres perderte en su lógica irracional, sonríe, baja la mirada y huye”. Sin embargo, los hombres no leemos a Confucio y cuando una mujer nos mira caemos invariablemente en las redes de su embrujo.

El poder de seducción es su atributo más atrayente y peligroso. En él brilla con luz propia, domina todas las técnicas y recursos, tan pronto utiliza su cuerpo como su mente, en función del objetivo adecúa sus armas más idóneas. El olor, la voz, la mirada, la insinuación, el recato, todo es válido en su mundo, todo es perdonable con tal de conseguir lo deseado. De acuerdo con la presa las técnicas varían. No todos ceden antes los atributos externos, no todos se doblegan ante lo incierto y lo prohibido, no todos naufragan ante razonamientos sugerentes, pero todos caemos ante una mezcla de ideas, insinuaciones y promesas.
Desde el día en que me obligó a que hablara con ella mirándole a los ojos supe que estaba perdido. Puedo contar fantásticas historias o aventuras irrealizables, pero me es imposible, cuando una mujer me mira de frente, decirle “no” o “mentirle”. Desde aquel día su ascendencia sobre mí se acrecentó. Lo sabía y lo utilizaba. Nunca forzó una situación, nunca llegó al límite de sus posibilidades. Siempre, aunque a veces lo disimulase bajo una apariencia frívola, actuó fría y lúcidamente, quería saber hasta dónde podría yo aguantar sin pasar a la acción directa, acción que por otra parte rechazaría si se diera.

Durante meses ese juego encubierto de sonrisas, preguntas y comentarios, aparentemente intrascendentes, ha ido eliminando los posibles obstáculos que nos separan. A períodos de máxima confianza siguen lapsus de tiempo vacíos en los cuales, más que aminorarse la pasión se fortalece para la próxima embestida. Detrás de cada uno queda destruida una barrera, un tabú o un prejuicio. Hoy puede decirse que ya estamos desnudos frente a frente. Solo mi lógica se opone a su poder. Solo un extraño miedo o el hecho de tener que abdicar de todo lo que durante tanto tiempo defendí me impiden lanzarme a la posesión de su cuerpo, que por momentos se me ofrece y se me hurta en un juego perfecto de seducción.
Insinuar, tentar, seducir son armas femeninas contra las que casi no tenemos defensas. Sé que se cimientan en la mente, ellas saben que, para triunfar, deben primero doblegar la lógica del varón, hacerle saber que no solo el cuerpo y sus atributos tienen poder, también su astucia cuenta.
Últimamente ha aprendido mucho. Siempre coqueteé con las ideas y ahora me encuentro con mujeres que, sin pudor alguno, emplean su cuerpo para conseguir el mío. Compruebo que el juego de la seducción, pese a ser atrayente, excitante y peligroso, se desmorona al pasar el seductor a la conquista directa del seducido, o bien, cuando el equilibrio inestable en que ambos se mantienen, se rompe ante una de las muchas debilidades que todos tenemos.

Pese a todo, seducir es hermoso. Plantea la duda del, ¿cuándo caerá?, activa la imaginación buscando el momento preciso, el lugar, el ambiente, elimina el pecado pues al crear un proceso tan prolijo y meditado, su conclusión no es ya una falta sino la consecución del objetivo tan largamente deseado. Existe finalmente la posibilidad de no llegar a conseguirlo, puede darse el hecho de que dos seres se acerquen al fuego sin quemarse, que jueguen con lo prohibido sin caer, que, por algún misterio de la naturaleza, se atraigan y nunca lleguen a unirse. Aunque improbable esta idea ilusoria palpita en el fondo de todo seductor o seducido que albergue en su alma un poquito de romanticismo.

lunes, 15 de febrero de 2021

El baño

Una de mis primeras amigas ecuatorianas trabajaba de masajista en una casa de baños y, conocedora de mis aficiones, me preguntó muchas veces si no podría escribir sobre este tipo de lugares tan abundantes y concurridos en el país. Hoy, al cabo de los meses, aún me acuerdo de ella, de su inexperiencia en la aplicación de los masajes, de su candidez, de su extraño pudor, de lo que yo pensaba, y alguna vez le dije: Escribiré cuando haya algo que me motive a hacerlo o cuando me des una idea lo suficientemente atractiva como para llevarla al papel. Con el paso del tiempo Ani Luz ha desaparecido de mi entorno y el ambiente erótico-deportivo que la rodeaba ha dejado, por múltiples razones de interesarme. Aquella pregunta curiosa quedó inconscientemente grabada en mi mente y ahora, mientras me bronceo a cerca de 4.000 m de altitud, rodeado de un centenar de ecuatorianos que se aprovechan y disfrutan de las aguas termales de Papayacta, empiezo a dar forma a una idea que, pese a haber vivido conmigo todo el año, nunca fue capaz de definirse.
 
En el Ecuador se dan una serie de aparentes contradicciones. Bajo una óptica europea me pareció, al principio, que sus hombres y mujeres estaban siempre sucios, era mentira, lo que ocurre es que tienen un color de piel diferente al que no estamos acostumbrados. Me dieron también la impresión de que olían mal, y volví a caer en el error. En ellas y sin saber a ciencia cierta porque, los olores se mezclan dando como resultado uno nuevo, típico y sugestivo. Hoy me he habituado a su color y a su olor y he empezado a identificar a las personas, sobre todo a las del sexo femenino, únicamente por el olfato.
Otro aspecto digno de observación es su sentido naturalista tanto en lo relativo a su alimentación como a los remedios que emplean para el tratamiento de sus enfermedades, así como el respeto que tienen por quienes practican esta forma de medicina. Tal vez de ahí, del método que imponen los curanderos locales referente a la inmersión del cuerpo en diferentes tipos de baños aromáticos, les venga su afición, casi desmedida hacia el baño y el aseo corporal, pese a que, por desgracia, los medios y la infraestructura higiénica que posean sean, si no nulos, sí muy reducidos.

Como tantas otras veces el sol, el calor y la naturaleza me ayudan a recordar. Fue en mi primera salida a la costa cuando nuestro guía, deseoso de mostrarnos las peculiaridades de la zona nos llevó de visita a los “Baños de barro de San Antonio”. Hoy probablemente hubiera participado en ellos. A las afueras del pueblo que lleva su nombre y bajo su invocación, se levantaba un complejo recreativo formado esencialmente por un inmenso charco de barro rodeado por una amplia explanada de cemento.
Como complemento, piscinas climatizadas y duchas. Era impresionante ver a los hombres y mujeres introducirse en el barrizal y permanecer en él, totalmente recubiertos de lodo, durante horas y horas, para luego secarse plácidamente al sol. Tanto quienes se movían entre el barro como quienes al sol mostraban una pátina ocre-amarillenta producida por las emanaciones sulfurosas de la charca, daban la idea de seres extraídos de un cuento de ciencia-ficción. La realidad era otra. Tras el baño hombres, mujeres y niños se agolpaban bajo las duchas y procedían metódicamente a eliminar, junto al barro cuanta suciedad tuvieran en el cuerpo. Podían contemplarse familias enteras que, de forma ritual, tomaban los baños milagrosos según la inscripción habida a los pies de San Antonio. El si lo eran o no, carecía de importancia pero lo que era seguro es que influían en el sistema higiénico de la comunidad y además los vapores sulfurosos curaban y prevenían de ciertas enfermedades de la piel muy típicas y comunes en otras zonas del país.

Mis andanzas por esta tierra me llevaron meses más tarde al pintoresco poblado de Santa Rosa, sobre los márgenes del Napo en lo que pudiera considerarse la pre Amazonía. Entrar en ese mundo verde salpicado de pequeños núcleos comunales, adornado con chocas de caña “gadúa” con techo de hierba dura, es olvidarse de la civilización e integrarse en un mundo diferente. Pese a todo, las tradiciones se mantienen. Al margen de horarios y normas sociales los miembros de la comunidad se acercaban a la orilla del río y allí, entre juegos y risas, efectuaban su aseo antes de integrarse a sus tareas cotidianas. Entre el poblado y el río se levantaba un edificio solitario construido a base de bloques de barro cocido y tapizado casi por completo de esa hierba con que los lugareños de la Amazonía cubren todas sus construcciones.
Para mi sorpresa me encontraba ante el “baño-sauna” local, utilizado casi exclusivamente para la purificación de los cuerpos y de las almas. Allí los médicos de la aldea elaboraban los líquidos y las infusiones utilizados en sus curaciones y allí mismo, los habitantes de la aldea tomaban sus baños de vapor a fin de eliminar de ellos tanto los peligros provenientes de la selva como los creados por su mente.

Más tarde, cómodamente sentado sobre los mosaicos azules del turco de mi gimnasia intentaba comparar aquella rústica construcción con estas modernas instalaciones. No, no era posible. Sin embargo, eliminando mentalmente el ornado exterior y observando el elemento humano, volvían a surgir múltiples similitudes. La gente, inconscientemente, se dedicaba a su aseo. Los hombres se rasuraban mecánicamente aquel vello perdido que no pudo eliminarse en el afeitado matutino y las mujeres, a base de masajes y fricciones procuraban restar de sus cuerpos aquellos kilos superfluos que tanto les molestaban.
Era un ir y venir de gente que, despreocupada del resto, intentaba desechar de sí mismo, junto a grandes cantidades de sudor, los problemas, las preocupaciones o los efectos dañinos del último “chuchaqui”. Para muchos era un remedio terapéutico, pues el contraste entre el frío y el calor, fortalecía sus arterias y activaba su circulación, para muy pocos era un pasatiempo intrascendente. En la sociedad ecuatoriana la sauna y el masaje posterior era algo normal y cotidiano, algo intrínseco a su naturaleza.
El sol andino que caía de plomo sobre los riscos de Papayacta empezaba a colorear mi pecho. El murmullo del río cubría el conjunto de voces humanas que disfrutaban de las cinco piscinas del balneario termal. Pasé la mañana contemplando aquella masa de hombres y mujeres que metódicamente se introducían, primero en las piscinas templadas, luego en las de vapor y finalmente en las de agua helada. Salvo yo, todos se dedicaban al baño antes de pasar a efectuar su aseo personal.
Alineados de forma paralela al cauce del arroyo una serie de canalillos servían de ducha común. Allí, la práctica totalidad de asistentes procedían a un metódico enjabonado de cabeza y cuerpo. Me impresionó vivamente el sentido higiénico, no solo de los excursionistas y lugareños, sino de muchas familias de indios que bajaban puntualmente de la cordillera para cumplir con ese precepto ancestral de la limpieza.

Sin apenas darme cuenta mi piel había tomado una peligrosa tonalidad rojiza. Intenté y desistí, introducirme en una de las piscinas calientes y tras deambular un rato por las instalaciones me duché y me fui.
Había asistido a uno más de los baños comunitarios, tan típicos en el Ecuador. Había comprobado que el color oscuro no presupone suciedad, aunque muchas veces lo uno fuera emparejado con lo otro, había empezado a integrarme en una sociedad diferente a la mía y a la que poco a poco intentaba entender. Ya, por ejemplo, el color y el olor de las mujeres no me desagradaba sino que, al contrario, empezaba a activar mis fibras eróticas más sensibles.

lunes, 8 de febrero de 2021

Desnudar la mente

“La Tortuga” es una sauna pequeña y aceptablemente limpia, en donde suelo encerrarme cuando me siento solo o muy cargado de problemas. Allí, envuelto en el cálido vapor del “turco” desprovisto de toda vestimenta, mientras mis poros se vacían lentamente y mis preocupaciones intentan disolverse, dejo volar mi mente.
Nadie me molesta. La quietud y la tranquilidad son casi absolutas. Únicamente el monótono silbido de la espita de vapor rompe esa atmósfera de recogimiento que yo mismo me creo. Cuando mi cuerpo empapado en sudor, empieza a relajarse me desconecto de la realidad cotidiana. Mi yo frío y cerebral se acrecienta. Lo que puedo tener de romántico e idealista desaparece. Mi cerebro se recrea creando situaciones ficticias, recordando instantes del pasado, imaginando vivencias presentes, en definitiva, deformando la realidad que me rodea.

Sauna “La Tortuga”
Ayer pensaba en ti. No, pensaba en vosotras. Como muy bien puedes suponer alguien más ha entrado en la espiral ilógica de mis fantasías. Me acordaba de lo que hablamos unos días antes en Madrid, de lo que pensé y nunca dije, de tu explosión verbal incontrolada, y lo transferí a estas tierras quiteñas casi con las mismas palabras. Lo que para ti fue una confesión violenta para ella ha sido un monólogo íntimo. Lo que tú me gritabas, con esa mezcla de miedo y rabia que te caracteriza, ella me lo censuraba con firmeza y un poco de erotismo. Sois para mí fundamentalmente idénticas. Os separa un continente y una decena de años. Os une vuestras vivencias, vuestros problemas y ese tremendo afán de libertad por el que ambas lucháis.
Sigo recordando el día en el que, sin yo pedírtelo, me fuiste memorizando aquel tu primer amor. Como ayer, ante una situación, yo callaba. Me fuiste, con rabia, desnudando tu mente, abriéndome tu corazón, arrojándome a la cara pedazos de tu vida, de esa vida íntima que tan celosamente guardabas hasta entonces.
Cuando te dejé pensé mucho. Impúdicamente me habías mostrado tu mente y sin embargo guardabas de mí tu cuerpo. No te lo dije, pero lo pensé. ¿Era peor poseer el cuerpo que la mente? Para el mundo había más pecado en lo primero. Yo creía que no. Un cuerpo desnudo es una imagen fugaz que apenas se mantiene unos segundos en la retina. Una mente al descubierto es algo que se incrusta en otra mente y puede vivir allí toda una vida. La contemplación de un cuerpo precisa de la proximidad de la cercanía; el análisis de una mente no precisa nada, va con nosotros y surge cuando lo deseamos. No muere nunca pues nunca ha existido. El deseo inalcanzado es algo que por su propia esencia se perpetua y ni el tiempo ni la distancia pueden erosionarlo.

Como una ficción cinematográfica las imágenes se me superponen. Lo que viví hace tiempo contigo, lo reviví ayer con ella. No sé por qué ni el cómo, pero se ha ido introduciendo en mí. Lo que contigo me costó años con ella ha sido cuestión de días. También ella me ha abierto su mente. Si tu confesión fue solo un trozo, el más importante de tu vida, la suya ha sido completa. La vida, sus temores, su primer amor, su primer hombre, su primer fracaso, sus luchas, sus silencios, sus engaños, todo fluía dulcemente de sus labios. El contraluz que la envolvía me impedía apreciar los cambios de su rostro. Únicamente la modelación de su voz me daba una idea de la intensidad de su relato, de los altibajos de su vida.
Cuando nos separamos mis antiguas ideas renacieron. Me había ofrecido su mente y con ello había imposibilitado el que poseyera su cuerpo. Algo en mí me impedía utilizar sus debilidades en beneficio de un placer puramente carnal. Como contigo, la pasión se albergaría en la mente dejando los cuerpos huérfanos de caricias. Nunca mis manos, mis labios, mi barba, acariciarían vuestro pecho. Nunca nuestros cuerpos desnudos se fundirían. Nunca nuestras bocas se unirían en un beso.

¿Había sido un error desnudar vuestras mentes antes que vuestros cuerpos? ¿Era eso un impedimento para llegar a poseeros? Estas y otras muchas preguntas carecían de respuesta.
Los problemas que me llevaron a esta atmósfera de vapor caliente se habían esfumado. Solo vuestras dos mentes desnudas me acompañaban. Mi desnudez física contrastaba vigorosamente con la vuestra. Lo excitante del cuerpo femenino había dado paso a dos corazones que, sin razón aparente, se me habían abierto mostrándome, sin recato, todas sus interioridades. Miento. Todas no. Había algo que las dos se guardaban. No sabía y tal vez no lo sepa nunca, qué pensaban ambas de mí y cómo encajaba yo en ese extraño laberinto de sus vidas.

lunes, 1 de febrero de 2021

La señora Sonia

Ir a Muisne y no conocer el Salón “La Moneda” es casi un pecado. Ir a “La Moneda” y no entablar amistad con la Señora Sonia, dueña del citado establecimiento, es un imposible. La primera vez que viajé a esta pequeña isla, situada en la desembocadura del río que lleva su nombre, iba integrando un grupo de personas muy heterogéneas, unidas por lazos de amistad y separados por razones familiares y laborales. Un grupo, en principio extraño, en el que se juntaban, sin mezclarse, mujeres con mentalidad de niñas, con hombres que ocultaban a la perfección sus más puras reacciones anímicas. Mujeres que querían jugar, y no jugar, a serlo, y hombres que sabiéndolo, evitaban, enmascaraban o eludían cualquier aproximación o devaneo sentimental, lógico por otra parte en cualquier reunión prolongada entres seres de distinto sexo.
La preparación y posterior realización del viaje estuvieron sujetos a una programación estudiada y casi perfecta. Salida de Quito al amanecer, cruce de la cordillera bajo las luces del crepúsculo, desayuno en La Concordia y última parada de control en Atacames para decidir la ruta a seguir desde allí hasta el embarcadero de Muisne.

El mal estado del camino, la imprudencia de los conductores locales y el hecho de haber efectuado varias veces este trayecto eran motivos más que suficientes para que mi mente estuviera únicamente concentrada en la carretera. A partir de Sua, unos kilómetros más allá de Atacames, el paisaje y el ambiente cambiaron de forma radical. Dando fe de que la sociedad consumista no había aún atravesado este límite, la calzada dejó su envoltura asfáltica y se convirtió en una vía de penetración típicamente tropical, a veces empedrada, a veces polvorienta y en grandes zonas totalmente empantanada. El recorrer los aproximadamente 25 km que nos separaba del embarcadero nos llevó dos horas largas en las que sufrimos los rigores del calor y las vicisitudes normales de tener que atravesar terrenos embarrados en los que el coche se deslizaba peligrosamente sobre una superficie arcillosa totalmente resbaladiza. En justa compensación el paisaje adquiría una prestancia casi amazónica, entremezclándose bosques impenetrables con áreas dedicadas al cultivo de maíz, la toronja, la papaya, el cacao o el café. Lo que parecía una senda africana rodeada de palmeras, cocoteros y helechos gigantes, terminó, de pronto, en una pequeña explanada circundada de casas de caña “gadúa”, que daba vista y era punto de embarque hacia la isla de Muisne.

Nada más desembarcar, el solícito lugareño que nos servía de guía y porteador, nos indicó que el mejor sitio para comer, allí donde daban los mejores pescados y donde se cocinaban las mejores sopas era, sin lugar a dudas, el salón “La Moneda”.
La Señora Sonia, “Mamita Sonia” para los íntimos o los niños, lo presidía todo. Su enorme humanidad se desplazaba ágilmente tras el mostrador rojo que separaba la cocina del comedor. Desde allí manejaba y cuidaba los cuatro fogones donde se cocía, freía o calentaba el arroz, los plátanos, la carne y la fritada, vigilaba a cuantos clientes entraban en el establecimiento y dirigía con firmeza su corto ejército de tres mujeres, dedicándolas tanto a pelar o trocear un ave o una res, como a servir comidas, arreglar mesas o componer cualquier artículo requerido por un cliente e inexistente en ese momento en el salón.
Sin abandonar su posición dominante la Señora Sonia valoraba, de inmediato, la posible posición social de los clientes. Sin necesitar información alguna, y casi siempre sin equivocarse, asignaba a cada uno el tratamiento preciso, así, señor, ingeniero, licenciado o doctor eran los epítetos con que nominaba a quienes atravesaban las puertas de batintín de “La Moneda”.
Conmigo se confundió a medias. Tal vez por querer quedar excesivamente bien añadió a mi título académico mi nacionalidad. “Ingeniero brasileño” y quizás por esto, para intentar más tarde subsanar el error, su comportamiento hacia mí fue, a partir de entonces, muy especial. Podía llegar el último del grupo, y sin embargo, me servían el primero, podía pedir cualquier cosa, por rara que fuera, que ella desplazaba a todas sus sirvientas para complacerme. En justa compensación yo tenía que comer lo que ella hubiera preparado.

Desde el primer día en que inconscientemente a su pregunta de:
— ¿Qué desea comer ingeniero?—
Contesté con lo de:
 —Lo que tenga Señora Sonia. —
No tuvo ninguna duda, yo comía, sin más, el platillo del día.
Me inveterada costumbre de llevar el control de gastos y mi afición culinaria fueron las razones fundamentales sobre las que se cimentó nuestra amistad. Al final de cada comida, mientras ella rebuscaba en los bolsillos de su bata los sucres necesarios para darme el cambio, yo le preguntaba por el plato degustado o por el previsto para el día siguiente. De esta forma me enteré de la preparación del “Cebiche de Conchas” y el “Biche Manabita”, típico alimento, éste último, de la Semana Santa Costeña, elaborado con “zambo”, “yuca”, zanahorias blanca y roja, repollo, “choclo” verde, frejol y “mellocos”, hervido todo en agua aliñada con sal, manteca, ajo, perejil y especias aromáticas, a la que se le ha añadido previamente “maní” tostado y licuado en leche. Esta mezcla se deja hervir por espacio de más de dos horas antes de servirla, y se acompaña de “patacones”, “canguil” o “tostado” y el consiguiente ají, todo a gusto del consumidor.

A parte de su fuerte sabor a “maní”, algo aminorado por la leche, el valor gastronómico de esta especie de sopa de verduras, es muy escaso, por la noche Doña Sonia, mientras me contaba parte de su vida, su boda, sus tres hijas casadas y viviendo lejos de Muisne, su viudez, la carencia de buenos alimentos en la isla y la vagancia de la servidumbre, me prometió que para el siguiente día procuraría cocinarnos algo típico y más sabroso.
Lo cumplió. No sé de dónde sacó el pescado y el marisco pero el caso fue que como despedida me sorprendió con unos “Tamales de verde con corvina” elaborados a base de una pasta de plátanos (verdes) pelados, rallados y cocinados en una olla en la que previamente se tenía agua hirviendo aliñada con un sofrito a base de cebolla, perejil, tomate, aceite, sal, pimienta, comino y “achiote”, y a la que se le había agregado el consabido “maní” tostado y licuado. En ella se introduce un trozo de corvina frita, envuelto en hojas de plátanos o “atchira” y se cocina al vapor de la tamalera durante una hora. Como plato fuerte nos ofreció “Encodados de camarón, conchas y almejas”, mariscos cocinados en leche de coco, acompañados de arroz blanco y plátano verde asado.

Tras esta suculenta comida abandonamos, con tristeza aquella isla maravillosa. Dejábamos unas playas inmensas rodeadas de cocoteros y prácticamente desiertas. Un pueblo de casas de caña “gadua” cimentado directamente sobre la arena conchífera, una serie de pequeños núcleos de población diseminados por la costa en los que las chozas se entroncaban de tal forma en el ambiente que se inician en el agua del mar y terminan en las ramas de los cocoteros. Una enorme extensión de manglares festoneada por decenas de lenguas de agua. Una serie de amigos deseosos de que regresásemos y sobre todo a la Señora Sonia con sus 250 libras de peso, su tremenda fuerza de espíritu, su ánimo emprendedor, su control, casi absoluto sobre el salón y el pueblo, su deseo de agradar y servir.
Dejábamos un lugar en el que los vehículos de gasolina estaban prohibidos, donde se vivía a base de mucho sol, de arroz, yuca, fruta y un poco de pescado. Donde los hombres, los pocos que había, se dedicaban exclusivamente a la pesca de la larva de camarón y en donde los escasos visitantes, que como nosotros llegaban por azar se sentían atraídos por el embrujo cautivador que obligaba, como un enorme imán, a retornar una y otra vez para contemplar, recostados en la playa, los rojos atardeceres del Pacífico en los que no se sabe a ciencia cierta si el sol se pierde tras la lámina azul de las aguas o entre la maraña de palmeras y cocoteros, e incitaba a no abandonar nunca este ignoto paraíso que sería a mi entender perfecto, si tuviera a mi lado una mujer. La mujer de mi vida.

lunes, 25 de enero de 2021

Felipe y su problema

Con el paso del tiempo la soledad empieza a reinar en mi castillo de hormigón. Lo que en su día pudo ilusionarme ahora se vuelve monótono y cansino. Todo aquello que me atrajo durante los primeros meses ahora me es indiferente. El afán de aventuras, la búsqueda de lo novedoso y excitante, ha dado paso a un recogimiento casi monacal. Tal vez los repetidos fracasos, las mentiras o la incomprensión han ido variando mi carácter. Ahora me enfado y me recelo, de forma consciente ataco por herir y salvo honrosas excepciones soy agresivo e impertinente. En las últimas semanas, sin saber exactamente porqué, he tenido enfrentamientos serios con quienes me rodean por cuestiones mínimas que en otro momento no me
hubieran afectado.
Desde hace un mes me recluyo en casa, leo o medito, siento que algo me falta. En el trabajo, el empeño por terminar lo que un día empezó con alegría, ha ido por a poco expirando bajo una montaña de oficios, réplicas y contrarréplicas. En el amor, alguien que debía estar conmigo y que a su forma me modelaba el carácter y absorbía mis reacciones violentas, se encuentra separado de mi por un océano. Más aún, mi lógica cartesiana, desprovista de cariño ha creado a mi alrededor un muro sobre el que conscientemente estrello cualquier aproximación sentimental de las que inevitablemente me surgen. Únicamente ese ápice de romanticismo que a veces aflora en mi subconsciente me hace añorar a ese pequeño ser que eventualmente y sin motivo justificado se introduce fugazmente en mi vida haciendo las veces de amiga, confidente y amante, que desaparece luego sin dejar huella, sin que pueda saber ni donde vive, ni como me volveré a comunicar con ella.

 
Este conformismo, esta aparente quietud tiene, sin embargo, momentos divertidos. Últimamente mis tardes literarias han dado paso a las confesiones, a las inquietudes y a los desahogos de Felipe.
Pobre Felipe. Hace tres meses llegó a Quito y por esas casualidades del destino alquiló un apartamento en mi mismo edificio. Nuestras relaciones, al principio, fueron frías. “Buenos días”. “Buenas tardes” y poco más. Luego mejoraron. Hoy, por una serie de hechos fortuitos puede decirse que somos hermanos.
Uno de los grandes tópicos del español, pues es un hecho que aún no he investigado con detalle, es el intentar ligar a una o a varias mujeres, es sentirse, en un momento determinado, conquistador o play-boy. Por ahí hemos pasado todos y todos, casi sin excepción, hemos fracasado. Iniciamos nuestras posibles aventuras con ardor e interés, erramos, nos sentimos rechazados una y mil veces para, a la larga, olvidarnos de este juego y caer en el vicio de la conversación, el comentario, la sátira o la burla, siempre inserta en un grupo de contertulios desengañados, no por convicción sino por la realidad cotidiana dimanante del sexo contrario.
En este círculo cayó el bueno de Felipe y en él empezó a sentir los aguijonazos, a veces crueles, a veces jocosos, de quienes lo formábamos, tan pronto lo lanzábamos contra la más fea, como contra la de peor carácter. Bien tenía que ir a por bebidas como servir de solícito chofer. Cualquier cosa que se le pidiera la realizaba sin pestañear, confiando siempre en obtener, al final, un premio femenino, cercano y a nuestro entender imposible.
Pero, para su desgracia, nos equivocamos. Felipe, al contrario de nosotros, es joven y soltero. No tiene compromisos y le gusta, con moderación y, por lo general, va elegantemente vestido. Con estos atributos no fue extraño que en la primera reunión a la que le invitamos, reunión que como todas las que mensualmente celebrábamos estaba salpicada de chicas, más o menos liberadas, y en la que el whisky, la ginebra y el vodka corrían a raudales, se encaprichase de Silvia, magnífica hembra de piel morena nacida en Machala y como tal ardiente y desinhibida, con ritmo de salsa en las venas, mirada dulce y labios gruesos muy sexuales. Poco a poco, sin apenas darnos cuenta, pues como siempre nos dedicamos a beber, discutir y hacer el gamberro, la parejita fue amartelándose en un rincón. Cuando quisimos darnos cuenta ambos habían desaparecido.
No sé cómo acabó para ellos la noche, pues la versión que de ella me dio, más tarde Felipe, discrepa algo de lo que pasó a continuación. Según él, el licor, la emoción de la primera conquista, el miedo a lo desconocido y la efusión de Silvia hicieron que su lívido se cohibiera y que lo que pudo ser una “orgía perpetua” quedara simplemente en “un mal polvo normal”. Pese a todo esto, Silvia se prendó sexualmente de Felipe.

Desde entonces y con una puntualidad fuera de lo normal en estas latitudes, Silvia le llama todas las semanas y se reúne con él para, según sus propias palabras, desgraciarle.
Tal como me lo cuenta, apurando sin prisa una copa de vino, no medía en sus relaciones ni el diálogo, ni lo excitante de la conquista. Según llega se le echa en los brazos y durante la primera media hora se lo come a besos, mientras, sin ningún tipo de escrúpulos, lo desnuda y se desnuda rápidamente. A continuación, sin moverse del sofá, lo viola. Luego, tras una ducha y un pequeño descanso, lo arrastra a la cama en donde inicia el segundo acto de la función. Como es lógico, la forma física y mental de Felipe no están en condiciones de atacar, con ímpetu, este nuevo round. Es ahora, cuando la experta Silvia utiliza todo su saber para ponerlo en condiciones óptimas de actuar. Tan pronto son las caricias como los besos o los masajes. El caso es que a la larga consigue su objetivo. Pero ahí no termina todo. Silvia prepara entonces un ligero refrigerio y tras consumido vuelve a la carga. En este momento Felipe no desea más que dormir. Sin embargo, la boca de Silvia hace maravillas. Lo que parecía un órgano flácido y carente de vida, va tomando forma. Aquello incapaz de recuperarse termina adquiriendo su posición erecta para enterrarse, por último, en el sexo oscuro de la muchacha.
Por fin el sueño reparador hace su presencia entre los amantes. La mañana, o más bien el amanecer, de nuevos bríos a la pareja, más bien al elemento femenino de la misma, que se lanza otra vez sobre Felipe, y por no se sabe que procedimiento, logra excitarlo y poseerlo por cuarta vez. Luego la ducha conjunta, el fugaz desayuno y la ida al trabajo con unas profundas ojeras fruto de una noche de lujuria desenfrenada.
Todo esto, como muy bien se comprende, no hay ser humano que lo aguante. Desde hace aproximadamente un mes, Felipe se pasa horas en mi casa huyendo de la ninfómana de Silvia. Allí me cuenta sus desventuras eróticas y se repone de los abusos de su amante. Desde allí, una o dos veces por semana le llama para excusarse o para quedar bien concertando una nueva cita de la que, como siempre, saldrá mal parado.

Cuando lo veo llegar, totalmente abatido, empiezo a alegrarme de mis fracasos amorosos. No quiero pensar que sería de mí, me imagino más que actúo, que hablo y dialogo, que pocas veces paso a la acción directa, que me gusta saber e investigar el trasfondo de las mentes más que la profundidad de los sexos, si caigo en los brazos de una mujer como Silvia. Ahora, después de tantos meses, con la experiencia sufrida en cabeza ajena, empiezo a relajarme, a llenar esa vida sencilla y sin problemas que siempre me caracterizó.
Pobre Felipe, tuviste que ser tú quien sufrieras los desenfrenos sexuales de las mujeres ardientes, quien enseñarás a los amigos los efectos demoledores del amor alocado. Cuando ahora te veo recostado en mi sofá, lejos de la posesiva Silvia, ya no te envidio como antes, más bien te compadezco. Es mucha mujer para ti, como creo que para todos. En mi fuero interno pienso en mi “guambrita quiteña” real y quimérica, fría, alegre, conservadora, distante, risueña, llena de problemas y siempre novedosa por lo que dice, piensa o hace. No sé cuándo la veré y cómo reaccionará, pero está claro que con el tiempo nos hemos ido acoplando, que cuando nos necesitamos nos encontramos, y entre ambos, lo agrio, los desagradable, lo violento, ha dejado paso a lo amable, lo tierno, lo cariñoso. Juntos vivimos una relación imposible en la que no existe el reproche y la mentira, pues sabemos que si existieran tendríamos que separarnos.

lunes, 18 de enero de 2021

Cena y desayuno de negocios

¿Sabe usted qué es un vodevil? No, no ponga esa cara Don Pedrito, ya sé que no lo sabe. Es …, como podría decírselo. Un lío, un tremendo enredo en donde aparecen muchas mujeres ligeras de ropas, una suegra que surge en los momentos más inoportunos y al final, por una mala pasada del destino, se tiene a la esposa en la cama y al amigo en el armario, es, como muy bien puede ver, un problema en el que por nada del mundo querríamos estar.

Tampoco sabe en donde radicaba el suspense del cine de Alfred Hitchcock. No, Don Pedro, que no me río de usted. Es que. Bueno, uno veía y sentía lo que los protagonistas no podían ver. A modo de ejemplo, todos sabían que iba a romperse el ascensor menos el pobre hombre que lo tomaba. ¿Está claro? No, veo que no lo entiende, que sigue pensando que en mi casa pasan cosas rarísimas. Pero suba, no se quede ahí. Venga conmigo y se lo cuento todo, ah, de paso le regalo un purito y le invito a una copa de coñac.
Póngase cómodo. Como ve la casa está ordenada. No me mire así. Ya sé que me he pasado. Que lo de traer aquí a una amiga, a veces dos y lo de montar fiestas hasta el amanecer, lo admite, lo comprende y se calla, pero lo de anoche y esta mañana, eso… Tranquilo, no ocurrió nada, fue todo artificio, querer y no poder, fue lo que le dije antes, un vodevil del mejor estilo francés.
Cómo se habrá dado cuenta, puede desde la portería lo controla todo, el domingo llegó mi jefe. Sí, ese señor alto, fuerte y con pelo entrecano y desde ese día ni desayuno, ni como, ni ceno por aquí. Tan pronto estoy en el hotel como en una cafetería o en un restaurante. No sé cuándo he de hablar de yesos, de teléfonos o de petróleo. Lo único real de todo es que en vez de desayunar mi té, mi jugo de toronjas y mi bollito de higos, ahora me tomo uno o dos alkaselsers y me ducho con agua fría a fin de eliminar los vapores etílicos de la noche anterior. Todo esto en aras de posibles negocios. Don Pedro, tómese un dulce y no se ría si le digo que yo creía que esto era mentira, que solo pasaba en las películas americanas, que a nosotros, las personas vulgares, no podía pasarles, no hombre, tampoco me mire con esa cara, sírvase otra copita y escuche.

Triste día ayer, mi jefe me colocó a su cuñado y a un futuro cliente y me dio carta blanca para farrear largo y tendido. Como es muy ocurrente, me citó para el siguiente día a las 8:00 a desayunar con él, y concertó para las 9:00 una entrevista, en mi casa, con dos representantes de organismos financieros. Como ve, Don Pedro, un programa precioso.
Limpios, perfumados y contentos salimos Javier, Alberto y yo dispuestos a comernos Quito. Tomamos una copa, cenamos, seguimos tomando, y cuando parecía que la aventura terminaba, Javier, ese, el moreno de pelo rizado, me sorprende sacando la dirección de un club privado, el “727” en donde, según le habían dicho, se concentraban las mujeres de vida alegre de la noche quiteña.

Que sitio, Don Pedro. Tardé cerca de 30 minutos en llegar y eso que está aquí cerquita, entre la Atahualpa y la 10 de Agosto. Al entrar un remolino de mujeres, a cual más exuberante, nos llevaron en volandas hasta la barra y así, por las buenas, se autoinvitaron. Lo que son las cosas, el zorro de Javier ya había estado allí el día anterior y por sus excesos económicos fue, y seguía siéndolo, el centro de las “niñas”. Bebimos una, después otra, luego otra, para que le cuento. A no sé qué hora el “727” cerró y mi coche se llenó de mujeres anónimas, que bajo la euforia del alcohol ingerido, nos invitaron a otra “casa de mala nota” que se acababa de inaugurar. Allí fuimos. Don Pedro, no se vaya usted a perder por ahí, pues está muy cerquita de este inmueble y no me gustaría verle allí “bailando”. Qué diría la señora Elvira.
Afortunadamente no bebo whisky y eso me salvó. Me dediqué a observar y a dar conversación a una rubia teñida que se me pegó y no paró de decirme lindezas. El espectáculo era deprimente. El personal se situaba en sillas pegadas a las paredes, igualito que si fuera una boda o una fiesta de la alta sociedad, tomaba su correspondiente “trago” y observaba una serie de putas que chillaban, bailaban o hacían fotos en el centro del recinto. Al cabo de una hora y tras haber presenciado una clásica pelea de celos por parte de dos de las niñas del salón, nos marchamos.
Como comprenderá no fuimos solos, tres encantadoras “señoritas” se empeñaron en tomar la última en casa y de paso ver si podían sacar aun algún provecho de la noche. Aquí vinimos, y en este mismo salón en el que estamos sentados, nos distribuimos cómodamente. Javier con Carmen, una morena delgadita, sin casi pecho y de muy mal carácter. Alberto con July, exuberante belleza local con pelo a lo “afro” y unos senos tremendos, y yo con Carina, colombiana empeñada en convencerme de su origen guayaquileño y de su afición por la cocina.

Poco a poco el ambiente se fue distendiendo. La ginebra, el aguardiente y algo de comida hicieron maravillas. El sueño se retiró discretamente y al compás de la música empezamos a bailar. Como ve, Don Pedro, esta casa tiene muchas posibilidades: hay cuartos separados, camas, luces indirectas, bueno, lo perfecto para una pequeña orgía. Cuando quise darme cuenta los números eróticos habían empezado. Tan pronto aparecía la opulenta July con los senos al aire, como desaparecían Javier y Carmen dejando un reguero de ropas íntimas, y no tan íntimas. Mientras tanto yo, como buen anfitrión, servía copas y procuraba despegarme de Carina, con un pegadizo “papacito” intentaba, con todo tipo de argucias, desnudos incluidos, aligerar mis ya paupérrimos bolsillos. La fiesta empezaba a tener su gracia. El pudor, al igual que la ropa, había desaparecido, y era facilísimo contemplar, al natural, un pecho o un muslo, siempre en función de hacia donde se dirigiera la mirada.
Por cierto, y para que vea como estaba el ambiente, mi buena compañera me insinuó una cantidad exorbitante por pasar la noche en mi casa. Yo como buen catalán, decliné esta grata tentación. Siguió la fiesta. Ella esperaba que yo claudicara y yo tenía la certeza de que se irían enseguida.

Como tantas otras veces me equivoqué. Sin apenas darme cuenta Javier y Alberto hicieron de pronto “mutis por el foro” y héteme aquí yo solito con tres mozas semidesnudas, o semi vestidas si se quiere mejor, muertas de sueño y pidiéndome camas para pasar la noche.
Imagine. Don Pedro que problema; eran casi las 5:00 de la madrugada, yo tenía una cita a las 8:00 y luego a las 9:00 una reunión en mi casa. Hice de tripas corazón. Las situé, sin pedirles nada por el hospedaje, una en cada cama, y tras ingerir dos alkaselsers me fui solo, a dormir. Necesitaba con urgencia descansar, aunque solo fuesen dos horas.
No sé como pero a las 8:00 estaba desayunando en el Colón, luego a las 8:30 discutía en el Banco Internacional no sé qué asunto relacionado con un desdichado télex, por fin llegaron las 9:00 y aparecieron los representantes del Canadá y Europa listos a tener una reunión en mi casa.
Aun me pregunto como pude mentir tan bien. Que vivía lejísimos, que no tenía coche, que en mi oficina había café, que… Qué le cuento, el caso es que tuvimos la reunión en la oficina y milagrosamente salió bien. Cuando los despedí y creí que todos los problemas habían desaparecido, mi Ángel del Trabajo, mi buenísima secretaria me viene con otra historia de miedo.
Con voz cálida e inocente me pregunta que quién hay en mi casa, pues llevan toda la mañana intentando hablar conmigo desde Madrid y el teléfono unas veces suena, otras no y de vez en cuando comunica, o sea otro lío. Para colmo se ha puesto en contacto con la mujer de un amigo y entre las dos están investigando mis problemas telefónicos. Como no, vuelvo a mentir. Me invento una mujer de la limpieza, el impago de la cuota mensual y el correspondiente coste, los cruces, el mal estado de la línea, nada, que no cuela, me mira, sonríe y se retira mientras salgo volando hacia casa a ver si aún puedo arreglar de alguna forma el enredo.

El apartamento, a la 11:00 era un mar de paz. Menos Carmen, que completamente abatida se dedicaba a protestar por las muchas llamadas telefónicas y los problemas que había tenido al contestar una de ellas, tanto July como Carina dormían plácidamente. Las desperté, y tal como estaban, o sea desnudas las metí en la ducha.
Lo que son las cosas, si en otra ocasión tengo a dos mozas desnudas andando por mi casa, seguro que me “aloco” y las “violo in situ”, pero ahora Don Pedro, solo quería que se fueran, que me dejaran solo, que el mundo se olvidara de la noche anterior y de aquella funesta mañana, cuajada de llamadas. Cuando las veía ir y venir con los pechitos al aire no comprendía cómo no me excitaba, pero el caso era que nada, solo las achuchaba para que se fueran.
Al fin se fueron, perdón, las llevé a su casa. La tierna despedida estuvo salpicada de besos y caricias. Agradecieron mi hospitalidad y me dieron sus teléfonos rogándome encarecidamente, no lo digo en el sentido monetario de la palabra, que las llamara otra vez.
Reposé, me duché e intenté olvidarme de todo lo ocurrido. En lo más profundo de mi mente deseaba que nada de lo anterior hubiera sucedido. Que todo hubiera sido un mal sueño, una historia ficticia y jocosa.
Con el tiempo el olvido cubrió esta triste aventura. Únicamente usted, querido lector, mi amable secretaria y unos teléfonos perdidos en el fondo de mi cartera me recuerdan el enredo ocasionado por una farra mal concluida, una serie de reuniones y llamadas improcedentes y tres mujeres de vida licenciosa andando en “pelota picada” por mi casa. Ah, Don Pedro, a Carina la vi ayer en el banco, más pintada que un cuadro y más cariñosa que una amante costeña. Me volvió a dar su teléfono y la prometí que la llamaría. Pero esto, como diría M. Ender en su “Historia Interminable”, podía ser ya parte de otra historia.
Apuré la copa, y si me promete contarme los líos del vecino del 13, el árabe que vive en el penhouse, le sirvo otra y así matamos la tarde charlando tranquilamente.
Cuente. Cuente.

jueves, 14 de enero de 2021

Otavalo

“Los lunes no deberían existir, las semanas tendrían que empezar siempre los martes”. Te acuerdas que cuando estabas enamorada y vivimos con igual intensidad los días y las noches, me lo repetías a menudo. Yo entonces me reía al notar en tu cuerpo ese cúmulo de sensaciones nacidas de un fin de semana en el que se ha vivido a la vez la alegría de la libertad, la luminosidad de un paisaje, la inquietud de una aventura y la culminación de un amor.
Nadie se ríe conmigo. Hablo y me hablan, pero mi mente está al margen de la realidad y mi cuerpo, cansado y sin vida, espera, como entonces el tuyo, que termine este lunes nefasto. Para quienes me rodean, estoy bien. Nada en mí denota abatimiento, me mantengo activo y ocurrente, pero quisiera desaparecer, enfermarme, perderme.
Todas mis reservas, todo mi espíritu de lucha, toda mi imaginación, se ha desmoronado. Lo que durante un año sirvió para mantenerme ha sido barrido por veinte días negros en los que las fluctuaciones sentimentales, laborales, profesionales y anímicas, han sido violentas y continuadas que me han impedido poderlas controlar y contrarrestar. Hoy estoy triste, muy cansado y giran en mi mente una serie de interrogantes que ni sé, ni quiero contestar. Estoy en mis horas más bajas tras un día maravilloso.

Las últimas semanas, frías, lluviosas y desapacibles, terminaron con sábados y domingos cuajados de sol. Para mi desgracia fui perdiendo esos días envuelto en una somnolencia cansina fruto de mi intranquilidad y desasosiego. Este sábado, cuando al levantarme, vi sobre el cielo azul los contornos agrestes del Pichincha, una alegría, conocida y olvidada, me impulsó a salir, a coger como antaño, el coche y recorrer cualquier camino. Todo era mejor que quedarme en casa contemplando las calles soleadas y vacías esperando, aburrido, el paso de las horas.
Busqué compañía en Berni, y juntos decidimos, más bien lo decidió ella, ir, como tantas otras veces, a Otavalo, para allí perdernos entre el ir y venir de turistas, comerciantes y curiosos; comprarme unos “barros” en la india Gayona, que juraba por sus antepasados su autenticidad y que, debido a sus muchas penurias económicas, me los vendía a un precio ridículo y regalarle, por enésima vez, un collar de cuentas de cristal a Berni, ante el cual su ilusión juvenil se desbordaría. Para ella, como para ti, el valor material del regalo no cuenta, solo valora ese pequeño detalle de cariño.
Aunque no lo creas, elige regalos muy baratos pensando que es ella quien los paga, pero sabiendo que seré yo, al final, quien se lo obsequie. Eso sí, todos son encantadores, únicos.

Te dije que el día era hermoso, posiblemente uno de los mejores que recuerdo. El cielo, totalmente azul, producía una extraña sensación al recortarse nítidamente contra las montañas. La visibilidad, favorecida por las lluvias anteriores, era perfecta. Al ir avanzando hacia el norte, el Cayambe y el Cotopaxi se alternaban ante nosotros. Nada impedía su visión. Nunca hasta entonces había contemplado así aquellas grandes moles. Lo que otras veces era niebla y bruma había desaparecido, y poco a poco, la silueta de la montaña se engrandecía ante nuestros ojos. A veces, sentimos la tentación de olvidarnos de Otavalo y dirigirnos al último refugio de la montaña para desde allí poder observar los inmensos valles que la rodean, pero nuestra curiosidad, o mejor la mía, era superior; quería ver el Imbabura despejado, aspiraba a descubrir cualquier posible encanto de aquella población comerciante y trabajadora que vive a la sombra de este monte sagrado, quería en el peor de los casos, tomar el sol plácidamente acostado sobre los verdes prados que rodean la Laguna de San Pablo.
El mercado de Otavalo era, como todos los sábados, una fiesta de luz y color. Entrando por el Sur, donde se sitúan los vendedores de alimentos, nos entremezclamos con gentes que discuten y porfían en busca del grano, la verdura, la papa o la yuca, o que, plácidamente recostados, comen sabrosos platillos de “chancho con mote y cebolla”. A derecha e izquierda matronas otavaleñas alternaban la dura tarea del porte o de la venta con la de alimentar a sus pequeños. Por todos los sitios, un olor penetrante y variado indicaba la cocción o el asado de un animal, o la acumulación de culandro y demás especias aromáticas. La suciedad y los desperdicios que aparecían tapizando la zona podía ser la nota molesta para cualquier observador extranjero, pero a mí, había dejado de impresionarme y me movía entre ella con soltura y discreción.

Ascendiendo por el lateral oriental nos introducimos en la calle dedicada a la venta de pañuelos, bolsos, abrigos y cinturones. Los tenderetes pequeños y las mercancías variopintas. Tan pronto se te ofrecen objetos de la zona amazónica como de la sierra o de la costa. Es muy difícil saber a ciencia cierta que se compra y cual es el precio real de los productos.
La zona norte se dedica exclusivamente a la venta de collares. Decenas de tableros protegidos por toldos y sombrillas ofrecen a los posibles compradores los típicos collares otavaleños, antaño de oro y hoy de cristal amarillo importado de Yugoslavia, mezclados con los rojos, propios de Cotopaxi, con los de concha y coral negro exclusivamente de la costa, o con los de bronce, cerámica y piedra típicos de la sierra. Esporádicamente uno se sorprende ante alhajas, aparentemente antiguas, a precios muy elevados, sobre las que se cuentas fantásticas historias, a mi entender imaginarias, solo tendentes a picar la curiosidad de los visitantes. Como ya te imaginarás, recorrimos esta zona varias veces hasta que por fin, y tras mucho regatear, compramos un bonito collar de latón, justo el que Berni quería.
Cerrando la plaza por su parte occidental se encuentran los puestos de lanas, sombreros, telas y mantas; típicos productos de la artesanía local.
Este marco insólito y muchas veces desordenado, acoge un conjunto de templetes de hormigón o madera, donde los otavaleños exponen sus creaciones más selectas. Pueden verse tapices de lana, trajes de lino, alfombras, blusas, gorras “chompas”, guantes; todo con dibujo y coloridos autóctonos. En el interior, hombres y mujeres, vestidos, no ataviados, con trajes regionales discuten y porfían sobre el precio de las diferentes mercancías, mientras los niños se entremezclan con los turistas deseosos no solo de comprar, sino de captar fotográficamente el colorido, el ambiente y el tipismo de este mercado único del Ecuador.
Al final, tras haber caminado, preguntado y discutido compramos los “barros” y fuimos a comer, en la muy típica y señorial “Hostería de San Pablo”. Tras la comida retomamos el coche y decidimos pasear por los alrededores de la laguna.
La primera vez que la contemplé alguien me contó que en la madrugada del 24 de Junio las otavaleñas se ofrecen desnudas al dios del lago para purificarse. Era una leyenda y como tal la tomé. Hoy, sin embargo, pude comprobar la parte de verdad de la misma.
El destino nos llevó a una gran planicie verde recorrida, en su extremo norte, por un arroyo proveniente del Imbabura. Allí tumbados a la sombra de unos eucaliptos, nos dedicamos a mirar el quehacer cotidiano de los habitantes que pueblan la laguna.

Precedidos por el hombre, familias enteras confluían sobre las orillas y con un ritual casi sagrado, iniciaban, por orden, sus abluciones. Primero era el padre quien se despojaba de sus ropas y cubierto con un pequeño monteo, a modo de toalla, se introducía en el agua. Empezando siempre por la cabeza efectuaba su aseo personal. Al salir se cubría con un amplio poncho azulado y esperaba, bajo los tibios rayos del sol, que se secara su pelo y su piel.
A continuación la mujer empezaba a desnudarse. Se despojaba primero de sus zapatillas, luego de la cinta multicolor que ciñe por la cintura sus vestidos, después del corpiño, más tarde se sentaba y se desprendía de la falda, quedando únicamente vestida con una gran enagua blanca. Se envolvía por último con un “anaco”, especie de túnica oscura, y sujetándolo sobre sus pechos retiraba de si las enaguas quedando totalmente desnuda cubierta exclusivamente por él. Así, entraba en el agua. Empezaba por lavarse el pelo, que tras múltiples aclarados recogía graciosamente en un moño situado sobre la frente, a continuación, se adentraba en la laguna y abriendo el “anaco”, siempre de espaldas a la orilla, se frotaba con él la espalda, los brazos, el cuello y los pechos. Por último, se enjuagaba con pequeñas inmersiones y salía a secarse junto al marido. Igual o parecido tratamiento efectuaban a continuación el resto de la familia.
Enmarcado este baño ritual grupos de mujeres se dedicaban al lavado de la ropa, utilizando para ello grandes tallos de “cabulla”, detergente natural procedente del “penco” en su variedad “castilla”. Como entonces supe, la variedad “negro” de esta planta, conocida también como “maguey” sirve para elaborar, mediante un fácil procedimiento, sogas y cuerdas, extrayéndose además una pulpa utilizada para el tratamiento de enfermedades artríticas. Hombres dedicados al pastoreo de “chanchos” y niños jugando sobre la pradera. En comparación con el mercado de la mañana aquello era diferente, se perdía en colorido pero se ganaba en pureza, veía la vida cotidiana de los otavaleños desde un ángulo hasta ahora insólito, lo folclórico y lo populista había dejado paso a lo real.
El sol declinaba sobre los nítidos perfiles del Imbabura cuando iniciamos el regreso a Quito. Volvimos sofocados y con las huellas de múltiples picaduras de mosquitos, pero nos sentimos felices. El día había sido perfecto.
El recuerdo de aquellas horas, de aquel ambiente casi idílico es lo único capaz de ayudarme a pasar estas horas amargas. Mañana descansado y tranquilo habré olvidado el hoy y recordaré solo aquel hermoso sábado en el que vi y conocí, por obra y gracia de una gran amiga, a los otavaleños fuera del marco turístico en el que siempre los había situado.