sábado, 17 de abril de 2021

El cementerio de las tortugas

Mi último trabajo en España fue: “El estudio geotécnico de la cueva del raposo”, en las proximidades de Luanco. Hacía mucho que no iba a Asturias y casi me había olvidado de que allí pasé ocho largos años de mi vida, que justamente en Luanco veraneé durante esa época conflictiva que va desde la infancia a la madurez y que de ese pequeño pueblo costero idealicé, no solo su paisaje y sus gentes, sino todo el ambiente que lo rodeaba.
Con casi media vida a mis espaldas, con una serie de problemas sobre estabilidad de taludes, sobre anclaje, balonaje y gratinados, sobre presupuestos y valoraciones económicas, volvía a recorrer sus calles, ahora desiertas, contemplaba sus playas vacías, intentaba imaginar lo que Luanco fue y no era; en mi fuero interno odiaba el destrozo que la civilización y la pujanza turística habían realizado en sus casas, en sus valles, en su costa.
Era invierno, una estación triste, más, si se pasa en una pequeña aldea abierta al Cantábrico. Desde la ventana del hotel Miramar recordaba los veranos de mi juventud y los comparaba con aquella playa ocre negruzca habitada ahora solo por gaviotas. Entonces lo conocía todo, su arena, sus costas, sus islas; solo vivía para la pesca y por tanto nada de las profundidades del mar me era desconocido, sabía captar su estado, la claridad de sus aguas, el rumbo de las corrientes. Hoy, convertido en hombre de ciudad solo veía un paisaje plomizo y un mar embravecido.
Me fui apenado. Mi antigua casa, solariega y ajardinada, se había convertido en un supermercado carente de identidad, cúbico y pétreo como tantas otras estructuras modernas. La idea de un pueblo envuelto en brumas invernales, de un pueblo muerto en oposición con el que recordaba, se metió, sin yo darme cuenta, entre los pliegues amorfos de mi cerebro.
Ecuador, como una moneda, presenta dos caras. La Sierra y la Costa, el verano y el invierno, el frío y el calor, lo seco y lo lluvioso, podría decirse que a excepción del color de sus habitantes que oscila sin transición del blanco purísimo al negro carbón, no existen intermedios.
En la Costa, los inviernos son secos y cálidos, mientras que los veranos se presentan fríos, con cielos encapotados y “garuas” perpetuas, un contraste que impresiona vivamente a los extranjeros, pues nadie imagina que país situado sobre la línea equinoccial, no goce de ese calor tórrido y asfixiante tan típico del ecuador africano, la causa hay que buscarla en la conjunción de las corrientes del Niño y Humbolt que condicionan todo el clima de la costa del pacífico sudamericana.

Era agosto cuando recalé por segunda vez en Muisme. Instintivamente me alojé en el hostal Sarito, único con aceptables servicios higiénicos, y fui a comer al salón la Moneda a fin de saludar a mi vieja conocida la señora Sonia. Salvo esto, el resto del pueblo que yo recordaba había cambiado. Las calles, antes secas y polvorientas, formaban ahora un enorme barrizal sobre el que era muy difícil desplazarse. El calor agobiante y pegajoso se había transformado en un frío húmedo que invitaba al uso indiscriminado de las prendas de abrigo, el cielo azul era ahora una gran mancha grisácea de contornos indefinidos. Si no fuera porque me acompañan mi mujer y mis hijos, la sensación de soledad hubiera sido absoluta. Estaba viviendo el lado opuesto de la moneda que un día conocí.
Para cualquiera que recorra medio mundo en busca de ampliar sus conocimientos y vivencias, estos pequeños detalles ambientales carecen de importancia, y mucho más si son niños y es la primera vez que contemplan el océano Pacífico. Mis hijos no se amilanaron por el tiempo y a la mañana siguiente llenaron una mochila con bañadores, toallas y cuchillos y pese a la fina “garua” que continuaba cayendo, se empeñaron en recorrer los nueve kilómetros de playa que conforman el borde norte de la isla.
Si una bahía enorme, luminosa y desierta es algo impresionante, la misma pero cubierta de nubes y azotada por un viento cálido que agita los extensos cocoteros que la bordean es sobrecogedor. Con ánimo alegre iniciamos la caminata dispuestos a que nada quedara fuera de nuestro espíritu observador. Al principio, cerca de la zona poblada, solo troncos retorcidos y conchas cubrían parcialmente el oscuro arenal. De repente, una forma extraña, excesivamente contorneada, se destacó entre la maraña de árboles. Medio enterrado en arena reposaba el cuerpo carcomido de un delfín de unos dos metros de largo. Aún no habíamos salido de nuestro asombro cuando otra silueta, de nuevo, demasiado perfecta, nos llamó la atención. Ahora el hueco caparazón de una gran tortuga surgía de la arena. Fue el primero pero no el último. Lo que en un principio nos asombró por lo insólito, se nos hizo después cotidiano. Los nueve kilómetros de playa aparecieron jalonados de restos de tortugas, algunos recientes, otras reconocibles únicamente por los maxilares o por las costillas del caparazón.

Ni comprendía ni podía dar razón del porqué de aquel medio centenar de tortugas sobre la costa norte de Muisne. Lo único admirable era el ver el sentido depredador y jerárquico del reino animal. Cuando el mar depositaba el cuerpo inerte de una de estas tortugas sobre la playa, surgía sobre el horizonte la negra silueta del “guaraguao”, de cresta roja, pico de hierro, uñas como garfios y plumaje de obsidiana que, como capitán de gallinazos sobrevolaba la futura presa, escudriñaba posibles peligros y se lanzaba el primero hacia la carroña que se le ofrecía, tras él, el resto de la manada caía sobre la tortuga e iniciando su degustación. De entrada los ojos y partes blandas, luego el guaraguao rompía las coyunturas de las patas para dejar al descubierto las entrañas del animal que eran poco a poco devoradas por el resto de gallinazos. Cuando éstos abandonan su presa, un enjambre de pequeños pájaros inician una operación similar aprovechando lo que aún queda tras el banquete de sus mayores. Por último “faibas”, cangrejos y demás crustáceos marinos terminan la labor dejando únicamente el armazón óseo de lo que un día fue una gran tortuga marina. El sol, el agua y el continuo flujo de los mares convertirán al final todo esto en un polvo blanquecino que el aire esparcía entre los manglares.
En el extremo sur de la playa, sobre los pequeños islotes arenosos que forman la desembocadura del río Muisne, cientos de esqueletos de erizos dolard, claros y blancos como pequeños platos de porcelana, incitaron nuestra curiosidad, tanto por ver quien consigue el más grande o el más perfecto, dentro del desorden caótico de trozos que aparecieron sobre la arena.
Regresamos empapados y ateridos de frío. En nuestra mente aún palpitaban esos cientos de osamentas y no cesábamos de preguntarnos: ¿Por qué han venido a morir aquí? ¿Cuál ha sido la causa de su muerte? ¿Es la playa de Muisne un cementerio natural de tortugas?

Andrés es otro de los habitantes de Muisne dignos de admiración. Aunque aparenta tener cerca de sesenta años apenas si pasa los cuarenta y cinco. Es alto, de piel blanca y curtida, grandes entradas y manos callosas. Nunca supe a que se dedicaba exactamente, pero puede decirse que domina el quehacer cotidiano de la comunidad. Tan pronto sale solo a la pesca de la langosta como acompaña a los grupos de la Universidad Católica que hacen sus prácticas de biología y botánica sobre los manglares que rodean la isla. Por las noches es el punto fuerte en el juego del cuarenta. A partir de las 8:00 y acompañado por hombres de la localidad, más que jugar parece que imparten lecciones sobre éste, aparentemente simple juego de baraja. Habla continuamente y por su amplio conocimiento tanto del juego como de la psicología de las personas, siempre parece saber exactamente las cartas de sus contrarios. La conclusión de todo es que gana constantemente. A la 1:00 de la madrugada, cuando los contertulios se retiran, Andrés y yo quedamos charlando. Le pregunto sobre las tortugas y él, como no, me da su teoría.
“Todos los años, sobre los meses de julio y agosto, cientos de tortugas vienen a morir sobre las playas de Muisne. Es una inexorable ley de la naturaleza que las impulsa a terminar sus días donde han nacido”.
Asturias, mi Asturias juvenil volvía a surgir entre los recuerdos. También allí los salmones remontaban el Sella, el Narcea, el Nalón para engendrar cientos de alevines y morir luego, bien por inanición, ya que en estado de gestación y habitando aguas dulces, les es imposible comer, bien por la pericia de alguno de los muchos pescadores que pueblan los márgenes de los ríos.
A la mañana siguiente volvimos a recorrer la playa. Otra vez aquellos esqueletos, aquellos caparazones solitarios volvieron a impresionarnos. Mucho había oído del peligro que corrían las islas Galápagos ante la invasión del hombre, de la reacción desconocida de esas especies únicas que se conservan en el archipiélago, pero nunca oí comentar nada de esos cementerios innominado en donde todos los años cientos de tortugas vienen a morir. No será que esa legión de ecólogos que pueblan y viven del país intentando preservar algo hermoso y único se olvidan de lo cotidiano, de lo que tal vez, por visto muchas veces, no les impresiona. A mí sí me impresionó.
Hoy, la mandíbula de una tortuga reposando sobre mi mesa es el único recuerdo cierto de aquel paseo por las playas de Muisne, en las que, para asombro mío y de mis hijos, contemplamos un enorme cementerio de tortugas, desconocido y olvidado hasta por los propios moradores de la isla.

sábado, 10 de abril de 2021

La fiesta de los Chagras

Cogieron al patrón, lo sujetaron al poste de madera más alto mientras cientos de jinetes llegaban al lugar del drama rompiendo el aire de la mañana. Iban a matar al dueño de la hacienda. Un tumulto contemplaba la escena con emoción. La muerte del patrón a manos de sus peones parecía inminente.

Del acerbo popular 

Al igual que valoramos la vida en función de lo que teóricamente aún nos queda de ella, del mismo modo, ciertos acontecimientos los ponderamos de acuerdo a la posibilidad de volvernos a repetir o de haberlos dejado escapar, perdiendo así una oportunidad irrepetible. Cuando hace un año preferí la comodidad de mi casa al viaje de Machalí para contemplar la primera fiesta de los chagras, tal vez en mi fuero interno una voz me decía: “Tendrás tiempo otro año para verla”. Hoy, sin embargo, que he ido y la he visto, pero que desgraciadamente solo la pude captar con la lente fotográfica de mi memoria, ya que mi fiel Canon AE-1 no tuvo mejor idea que descomponerse, impidiéndome así conservar el ambiente y la virilidad de la fiesta, siento una extraña nostalgia al pensar: “He perdido mi última oportunidad”. Tal vez todo sea solo un mal sueño, la funesta impresión de un día gris o el decaimiento normal tras casi 20 meses de una vida oscilante entre la soledad, la familia y la aventura.


De cualquier modo, el 20 de julio fui a Machalí y, pese a la contrariedad fotográfica, medio viví la fiesta del chagrerio. Digo medio porque sin saber el motivo no logré integrarme. Deambulé, me mezclé con la gente, recorrí las calles, pero me mantuve al margen. Vi a gringos rubios, barbudos con grandes mochilas y enormes cámaras fotográficas, introducirse entre los chagras, que al son de la música tomaban la calle como amplia pista de baile, los vi luego beber “chicha” y “duro”, comer maíz y cuyes, estar rodeados de gentes oscuras y pequeñas que reían de su estrafalario comportamiento. Me sentí desplazado, como turista modesto y no querido, como desarraigado, o peor aún, como alguien anónimo, carente de personalidad, alguien que, como los árboles o las casas, solo conforma el decorado de la fiesta sin participar en ella.
Sin un motivo real las antiguas tradiciones andinas empiezan a renacer en Ecuador. Solo hace un año que se conmemoró la revuelta campesina de Janayura, en la que los "chagras" se lanzaron contra sus patronos para ser luego aplastados por las tropas gubernamentales, y sin embargo, aquella historia, mezcla de rebelión y vasallaje, es hoy un evento populista, agreste y duro.
Quizás por la situación geográfica de Machachi, perdida en el altiplano y rodeada por las dos dorsales andinas, por la estación del año, propensa a neblinas, lluvias y cielos plomizos, por la idiosincrasia de la gente serrana, o porque el elemento fundamental del festejo es el caballo, lo cierto, es que el colorido de la fiesta toma matices oscuros, avivados esporádicamente por el rojo sangre del poncho de algún “chagra” o por el blanco níveo de las llamas que acompañan a los diferentes grupos.


Junto a lo agreste de la celebración, el matiz religioso tan típico de los incas, que mezclas los ritos ancestrales de sus antepasados con la nueva religión impuesta por los conquistadores. En ellos la virgen es pequeña y morena como las mujeres de su tierra y los santos están entroncados en las fábulas milagrosas propias de cada zona. A lo largo de la calle principal, y tras presentarse a las autoridades locales en la plaza mayor, los integrantes de las diferentes haciendas descienden a rendir pleitesía al santo situado a la salida del pueblo.
Es impresionante contemplar esos grupos de hombres, mujeres y niños ataviados con ponchos oscuros y luciendo sus mejores galas caballísticas, recorrer las calles haciendo sonar las herraduras de sus bestias sobre el empedrado, lanzarse al galope, al paso o al trote, hacer caracolear a sus corceles, o manejar el lazo. Lo es más al analizar detenidamente la estampa de los integrantes de cada hacienda: en cabeza y montando briosos caballos, detrás los capataces, y por último los “chagras” portando animales, productos del campo y artesanía típica para ofrecer al santo.
A mí, espectador perdido de la fiesta me sorprendió tanto la belleza de los hombres, dueños de grandes haciendas ganaderas y expertos caballistas, como la dureza y habilidad de los chagras, que sobre tordos animales, casi siempre saturados de “chicha” y “duro” recorren velozmente las calles sin crear problemas ni producir accidentes.


A lo largo de la mañana, los representantes de las haciendas más renombradas de la sierra, los de Solanda, Huaricama, Januharaco, Huagrahuasí y otras, lucieron sus galas y su porte sobre Machachi. Con el paso del tiempo, el gentío fue amalgamándose, el licor hermanó a hombres y mujeres. La fiesta, que empezó ordenada y jovial, fue perdiendo su poderío y pujanza. El pueblo fue lentamente despoblándose, cada grupo, tras participar en el rodeo, retornó a su hacienda a festejar, comiendo y bebiendo, su día grande. Los turistas se refugiaron en los distintos hostales y salones de la carretera y los grupos étnicos serranos tomaron los prados y las calles como centro de reunión o como restaurante campestre.
Cuando por la tarde, envuelto en esa lluvia fría de la sierra abandoné Machachi, el pueblo había retomado su normalidad, solo quedaban calles vacías, sucias tras la fiesta de la mañana, ambiente gris y plomizo, algún que otro borracho tirado en el asfalto y grupos familiares retirándose silenciosamente hacia sus casas.
No sé si por mi estado, o por el gris-oscuro del ambiente y de la gente, la fiesta de la chagrería había quedado en mi mente como algo agreste y frío. Quizás fuera cierto, tal vez así se representaba la dureza de esos serranos que viven, comen y duermen sobre sus monturas, que se cubren del frío bajo sus grandes ponchos y que se confortan con el calor del “duro” y con la doma de esos animales bravíos, para ellos amigos y compañeros inseparables.

sábado, 3 de abril de 2021

Señores, discutamos la liquidación.

Como decíamos en la mili: “Esto se acaba, no hay quien lo pare”. El proyecto de investigación de yesos por el que vine a Ecuador y que me ha retenido en estas hermosas tierras por más de 18 meses, está dando las últimas bocanadas. Primero fue la entrega del borrador del informe, luego la notificación de que se cancelaba el estudio, acto seguido nuestra fundamentada respuesta (el derecho del pataleo, como dirían los castizos) y por último el oficio del Sr. Ministro en el que muy cortésmente (es un decir) nos comunicaba que todo había terminado. Era un 16 de abril, un día que, a simple vista, no tenía ningún significado, no era el 14, glorioso día de la instauración de la República en España, ni el 25, festividad de San Marcos (y por tanto el santo de mi hermano pequeño), no, era el 16, día anodino y carente de historia.


Personal ejecutivo del Consorcio
Todo el personal ejecutivo del Consorcio se movilizó: nuestro representante legal, el responsable de Intecsa, el General, los amigos, en fin, yo el más bajo en el escalafón, todos nos sentimos humillados, vejados y engañados. ¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible que así, por las buenas, se diera por concluido un proyecto magníficamente realizado y con excelentesperspectivas mineras?
Mi instinto, o mejor, el de mi abnegada
colaboradora y fiel secretaria (único exponente real de un equipo de trabajo antaño florido y hermoso) me decía que detrás de todo había algo más, tal vez una insinuación del todopoderoso “presidente” orientada a acabar con lo iniciado en el gobierno anterior, tal vez algún pingue benéfico (dádiva, cohecho o mordida) por parte de los futuros exploradores hacia los actuales rectores del Ministerio, la esperanza de “calentarse las manos” a nuestra costa, o alguna hábil jugada de mis jefes que cambiaban una moneda de bronce, ya muy manipulada, por otra de oro recién salida de la fábrica. De cualquier forma, el proyecto había muerto. Lo correcto era darle cristiana sepultura.
En eso estábamos. Allí, en el no muy ampli
o antedespacho del Director de Geología y Minas nos encontrábamos, en la soleada (en verdad, como dice mi hija, hacía un calor sofocante) mañana del 28 de abril, todas las partes de la farsa. Por un lado, los representantes del Consorcio, el Ing. Romero, el Ec. Valencia, el Dr. Serrano (nuestro último fichaje, el hombre encargado no de salvar el proyecto, sino de evitar que termine siendo una ruina económica), y yo, el teórico y hoy día devaluado Jefe de Proyecto. Por otro, la Administración: el Ing. Bolívar Guerra, Director del Proyecto, la Excma. Adriana de Barragán (una pesada que creo que nunca se enteró de cómo marchaba la economía del proyecto) y la Dra. Norma Reyes.
Faltaba, para completar el drama, el Director de la
Institución, el Economista Horacio Rueda, que, fiel a su cargo, nos esperaba perfectamente jovial y descamisado, en su despacho. Pasamos y nos acomodamos alrededor de una mesa en forma de herradura presidida por él, los unos a su derecha (nosotros) y los otros a su izquierda (mis amigos ahora opositores, los supervisores).
Empezaba la primera de las reuniones orientadas a
discutir la liquidación económica del proyecto. El inicio fue cordial. Nuestro Dr. Serrano y el Ec. Rueda se saludaron efusivamente y rememoraron sus recientes logros político-profesionales (ambos eran del mismo partido y ambos habían luchado con idéntico interés en la última campaña electoral; la única diferencia radicaba en que a uno le habían dado, como recompensa, un cargo público y al otro una serie de prebendas económicas; creo que el Dr. fue el mejor librado), tras esto el Ec. Rueda suelta su ya conocida perorata sobre la evolución del proyecto y su final. Como apunté en mi cuaderno, fue un monólogo pesadísimo, un gran preámbulo que invitaba a dejar cuanto antes la reunión, desgraciadamente tuve que quedarme, digo esto porque a continuación el Dr. Serrano, que entre nosotros no tenía ni idea de por donde iba el proyecto, tomó la palabra y relanzó una serie de elucubraciones legalistas encaminadas a no se qué, creo que a “joder al contrario”. A esta altura de la reunión, yo estaba ya hasta los “huevos”, había oído lo mismo mil veces y siempre para nada. Dado el escaso interés del tema mi única preocupación era la llegada del anunciado “cafecito”. Por fin llegó y hubo cinco minutos de relajación mental mientras lo degustábamos (el Dr. Serrano opinó que aquello era una "agüita" caliente y sucia indigna de una institución pública).

Dra. Reyes
Fue poco. Casi sin pausa el Director empezó a liarse. Me preguntó, no para que le contestáse, sino exclusivamente para quedar bien, ¿Qué era una explotación minera? ¿Cuándo era técnicamente factible? ¿Cuándo era financieramente posible? ¿Cuándo políticamente necesaria? (Casi le respondo aclarándole que lo nuestro era un proyecto, no una explotación, pero me contuve por estar haciendo una bonita caricatura del ambiente y serme imposible romper mi concentración pictórica). Continuó con una defensa a ultranza de la justicia y de la contratación pública, del dinero del Estado y del ahorro de la institución que él presidía. Nuestro abogado contraatacó, puso ejemplos de la vida real (tan real como que utilizó el ejemplo de su hermano, amigo íntimo del Director), se opuso al poder omnímodo del Estado y a lo excelente del diálogo y la comprensión (en este momento, y tal vez por el excesivo escote de la Dra., que más que insinuar dejaba entrever dos poderosas razones, me desconecté, empecé a pensar en lo lindo que sería estar sobre las faldas del Pichincha tomando plácidamente el sol, y llegué a la conclusión de que, ya que hoy no podía ser, mañana iría con alguna amiga a gozar de los encantos de la naturaleza).
La reunión continuó. El Director empezó a definir
la filosofía de la liquidación, el Dr. Serrano se ciñó al contrato y entre los dos se inició una polémica legalista carente de realidad. Mi paciencia estaba llegando a sus últimos límites, era una lucha dialéctica absurda. El resto de los asistentes, hasta ahora mudos observadores, empezó a inquietarse, yo también (mi estómago a estas alturas de la mañana protestaba por falta de alimentos sólidos). Como no, los hombres buenos, esos nacidos para mediar y apaciguar los ánimos, entraron en escena. El Ec. Valencia y la Dra. Reyes pusieron su nota de humanidad y templanza en el diálogo. Las aguas volvieron a su cauce.
Por qué, me pregunto yo, no seremos nobles y lo
mandaremos todo a la “mierda”. Por qué seguiremos discutiendo sobre un proyecto muerto imposible de resucitar. Pero no, los buenos logran sus objetivos, todos se apaciguan y seguimos negociando, o sea, analizando la futura liquidación. Los antiguos enemigos se perdonan, dicen aquello de “lo siento, me confundí, sigamos” y continúan matizando conceptos tales como “fin de proyecto, fijo, reembolsable”.
La lógica, o mejor, la perfecta interpretación del
contrato por parte de nuestro abogado, imponen su criterio. Se concretan los primeros puntos del litigio. Los oponentes, cansados pero contentos, sonríen, se dan la mano, miran con autoridad al resto de los presentes, como queriendo decir: “¿Veis como se debe discutir? ¿Veis como se puede llegar a una solución válida para todos? Os dais cuenta del porque somos nosotros quienes ocupamos los puestos de responsabilidad, y no vosotros, pobres tontos” y clausuran la reunión.
Yo, uno más, o tal vez el más tonto de los tontos,
estoy desecho, mi estómago ruge con ira, hace mas de una hora y media que tenía que haber comido, mi ánimo estaba desolado y mi irónico sentido común solo sabe repetir: “Y para esto he perdido la mañana, no solo la mañana sino los últimos cinco meses”.

Nos levantamos y con efusivos abrazos (más efusivos cuando el contrario era del sexo femenino) nos vamos despidiendo. Se ha superado el primer round, el próximo será “Dios mediante” el próximo jueves y en él se concretará y se redactará el acta de liquidación y terminación del contrato. “Así sea” pensé mientras me alejaba del caserón verde y blanco sede de la Dirección General de Geología y Minas en busca de mi anhelo sustento cotidiano.
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Nota final:
Como se imaginará el lector el jueves hubo el segundo round. En él se matizaron todos los puntos dudosos, se llegó a un acuerdo total y se dijo: “Todo se acabó, no hay ni vencedores ni vencidos, ambas partes triunfamos”.
Hoy 16 de julio, a casi dos meses y medio de aquella historia y feliz jornada aún no se ha puesto punto final al proyecto (esto se nota por el simple hecho de que sigo cultivando margaritas en Ecuador y redactando cuentos de malísimo gusto), los documentos últimos están en Procuraduría, en el FONAPRE, en… y yo mientras tanto sufriendo y aburriéndome muchísimo (esto último es broma pero quedaría muy mal si no lo dijera).

domingo, 28 de marzo de 2021

Estás loco chico

Ha sido hermoso, o mejor, ha sido "rico, muy rico”, tanto es así que él, al final, lo repetía casi inconscientemente. Nuestras voces eran una sola mientras jadeábamos de placer al sentirnos totalmente poseídos. Por último, un orgasmo sincronizado dio paso a esa extenuación profunda fruto del amor plenamente realizado.
Su cabeza se inclinó sobre mi hombro y sus labios volvieron a repetir “rico, muy rico”. Cuando más tarde, cubriéndome con su cuerpo, se levantó y me preguntó suavemente:
¿Estás bien, completamente bien?
se cruzó por mi mente la ficción que ideo al poco tiempo de llegar y parafraseándola le contesté:
¿Lo hice bien, Sr. Ingeniero?

volvió a caer sobre mí sonriendo. Su boca empezó a mordisquearme el cuello y aun incrédulo por aquella mañana de amor que estábamos disfrutando solo acertó a decir:
"Eres como Mesalina, mejor, Mesalina a tu lado sería una aficionada. Tú vives el amor, te entregas, gozas y haces gozar, eres algo que creí no existiría, eres maravillosa y única".
La luz que se filtraba por entre las cortinas iluminaba nuestros cuerpos desnudos. ¿Cómo habíamos acabado así?, esto, y todo lo que habíamos hecho eran actos que nunca nos reprocharíamos, lo habíamos hecho y basta.

Llegamos juntos, calientes ya por mil besos y caricias, nos desnudamos lentamente, su boca recorrió despacio mi garganta, mis pechos, mi cintura. Suavemente, sin apenas sentirlo me recosté sobre la cama mientras seguía besándome y acariciándome. Me miraba, me contemplaba y como poseído de un ardor juvenil volvía sobre mi cuerpo desplazando sus labios sobre él como queriéndolo poseer por completo. El roce de su lengua sobre mi sexo hacía que mi excitación alcanzase sus límites máximos. Lo poseí con ansia. Se vació en mí con esa abundancia generosa fruto de un deseo querido y reprimido durante muchos meses.
Cuando me pareció que su espíritu decaía inicié un jugueteo lascivo sobre su cuerpo. Fue entonces mi lengua la que avanzó hacia el nuevo despertar de su sexo, fueron mis manos quienes acariciaban y excitaban. Fui yo, al final, quien le monté con furia, quien cabalgué sobre su cuerpo, quien sentí en mis entrañas la dureza de su miembro viril. Volvíamos a vivir el amor y volvíamos a caer rendidos sobre aquel revoltijo de sábanas blancas, hermoso campo de nieve para nuestros cuerpos morenos.
Viendo pasar las nubes, sobre el nítido cielo quiteño, dejamos transcurrir lentamente los minutos. Él… callaba, yo recordaba. Deseaba que aquellos momentos no terminasen, quería poseerlo una y otra vez, aspiraba dejarlo rendido antes de preguntarle aquellas palabras suyas sobre las mujeres serranas.
¿De verdad éramos frías, inactivas y poco emprendedoras en el amor?

Quería aclararle con hechos que yo y otras muchas, éramos calientes y sugestivas, que me “alocaba” y disfrutaba tanto o más que él, que desde que conocí el amor por primera vez era una experta en el difícil arte de la almohada, quería eso y mucho más, lo quería poseer otra vez.
El juego amoroso se reinició, perdón lo reinicié yo. Él se oponía, alegaba eso tan vulgar de la altura, de la edad, de… que sé yo. Me daba igual, era mi turno, no quería demostrar nada, quería amar, amar y solo amar. Me desplacé sobre él, mi boca, mis pechos, mi sexo lo acariciaban. Poco a poco retornó a la vida. Otra vez sentí en mí su semen caliente y viscoso, otra vez lo vi vibrar, abrazarme frenéticamente, caer finalmente rendido.
Ahora sí, ahora estábamos exhaustos, sudorosos y contentos, estábamos, como decimos aquí y a él le hacía tanta gracia “hechos vela”. Le había demostrado que todas sus teorías, todas sus elucubraciones eran falsas, que para su desgracia había encontrado mujeres que solo tenían de hembras el nombre pero que ni lo merecían ni le hacían honor.

“Cholito”, “cholito”, que confundido estabas. Creías saber de una raza solo leyendo y preguntando, debías pensar que la realidad es otra muy distinta, que hay un abismo entre lo externo y lo interno, que la mente, como tú tantas veces dices, es algo imprevisible y sugestivo, que ahí no llegaste nunca, lo siento, ahí estás empezando a llegar ahora.
Te lo dije muchas veces y no me creíste. Me gusta el desnudo, no me importaría vivir desnuda; por eso, cuando más tarde aparecí ante ti luciendo mis encantos naturales, volviste a ensimismarme. Me viste contrastada con el sol, rodeada de plantas, anteponiendo mi color cobrizo al verde claro de los helechos, y tus ojos se cerraron como queriendo captar esa imagen, para impresionarla en el fondo de tu cerebro y guardarla allí, fija, imperecedera, eterna. El pudor, ese pudor que tú pusiste en boca de quienes conocías, volvía a ser, en mi caso mentira. Ambos proclamábamos nuestra desnudez sin sonrojo. Comimos desnudos, bebimos, sentimos el sol de medio día sobre la piel, nos olvidamos de ese ropaje artificial que siempre llevamos, y con él, de los prejuicios, de las mentiras, de lo engañoso y superfluo que le acompaña. Quisiste perpetuarme en una foto pero la lente de tu retina, y la película de tu memoria era infinitamente más perfecta que el perecedero material fotográfico y por eso desististe, lo sentí, me hubiera gustado tener mi foto desnuda y rodeada de flores.
Estabas loco. Estabas “loco chico” cuando me imaginaste, o nos imaginaste frías, sumisas y condescendientes. Estabas equivocado cuando pensabas que las españolas, las europeas o las americanas nos ganaban en todo lo referente al amor. Admito que la educación, la cultura, la moralidad, pueden estar aquí a un nivel inferior, pero nuestra sangre caliente, nuestro instinto, nuestro deseo, son superiores. Lo siento, otra vez tuviste mala suerte.
Salimos a la calle limpios, perfumados, distantes. Recordaba aquello de:

¿Lo hice bien Sr. Ingeniero?
tan lejano de la realidad. Gozaba con:
¡Estás loco chico!

frase con la que podía rebatirle cualquier opción sobre el comportamiento y la forma de ser de las ecuatorianas.
Los reproches, las dudas, el como terminaría nuestra relación eran palabras carentes de sentido. Lo real era este tibio sol de verano que nos calentaba mientras tomábamos dos “cebiches”, el suyo de camarones y el mío mixto, en una de las muchas terrazas de la Amazonas. Lo real era esta relación surgida de repente entre los dos y que de forma violenta nos había emparejado, lo auténticamente cierto eran una serie de frases inocuas, carentes de sentido, escrita con espíritu jocoso, que habían derribado las barreras que nos separaban.
Aquello de ¿lo hice bien…? fue lo que incitó tu desengaño. Te confundías, nunca debiste generalizar. A partir de hoy, lo que pensaste, lo que entonces dijiste con palabras calladas, el ¡estás loco chico! o ¡estás mamado! podrás decirlo a voz en grito y, desgraciadamente, tendrás razón.
No, las “guambritas” que describías y con las que según tú salías, eran una pura invención mitad romántica, mitad literaria; la realidad, “cholito”, está en las mujeres como yo, a ver si aprendes y no te confundes en lo sucesivo.

domingo, 21 de marzo de 2021

Los hombres solos

Un sábado más, un día como otro cualquiera. Pese a no tener que ir a trabajar la fuerza de la costumbre, o tal vez esa manía de no poner persianas en las ventanas, me obliga a levantarme con el sol. Son apenas las 7:00 y como cada día ya me he arreglado, desayunado, leído el periódico, barrido, fregado la vajilla, en fin, he ordenado la casa. Ahora, mientras oigo música nacional espero a que ellos me llamen para ir al mercado.
Sin considerarnos unos expertos, la ingrata necesidad de tener que vivir solos, de tener que comprar, discutir precios, cocinar, nos ha hecho pequeños conocedores de la idiosincrasia mercantilista propia de la ciudad. Hay que ir los sábados a Santa Clara, los domingos a Iñaquitos, los viernes a la Floresta a por fruta, los lunes y jueves al Mercado Central a por pescado, los martes a por carne al Camal y por último, cuando hace buen tiempo y alguna amiga nos lo pide, desplazarnos a Sangolqui en donde dicen que todo es mejor y más barato.
Hoy es sábado y Santa Clara se muestra colorista, bulliciosa. Las calles que la circulan parecen tener vida propia. Las del norte atestadas de vendedores de plantas, las del este con artículos de mimbre y cestería, el resto dando asentamiento a cientos de pequeños comerciantes que ofrecen sus productos hortícolas. Sin entrar en el recinto feriado se pueden adquirir en la calle todo tipo de frutas y verduras en un estado de aceptable limpieza.
Quien no conozca un mercado ecuatoriano es fácil que al entrar en él se sienta deprimido e impresionado, a mí, la primera vez me pasó lo mismo. Asombra ver ese revoltijo de productos, esa amalgación de gentes, esa mezcla de olores, ese ir y venir de compradores, vendedores, porteadores, mendigos y músicos, sí, pues aunque no se crea, de vez en cuando el mercado se alegra con alguna banda local. Si por casualidad se penetra en él por la zona dedicada a las frutas, cosa nada rara pues ocupa la parte baja del edificio, el espectáculo que se observa es inenarrable. Enormes montones de piñas, toronjas, naranjas, papayas, sandías y melones contrastan con pequeñas cajas, perfectamente ordenadas, de frutillas, maracuyás, duraznos, manzanas, taxos y aguacates, así como son los clásicos plátanos, tan conocidos y codiciados en todo el país. En medio del desorden reinante parece imposible que los diferentes puestos mantengan esa armonía casi perfecta en la que la sola alteración de uno de sus elementos puede dar al traste con todo.
La costumbre, o tal vez nuestro excesivo espíritu nacionalista, nos lleva, de entrada a la zona de pescados y mariscos. Pese a las excepcionales condiciones naturales de la costa ecuatoriana, el surtido de pescados es escaso. Únicamente la corbina, el pargo, el bonito y algún que otro pez de roca se ofrecen a los posibles compradores. En cuando a los mariscos, hay abundancia y variedad de camarones y conchas, pero solo eventualmente pueden conseguirse langostas, langostinos, mejillones, pulpos o almejas. Son, estas últimas mercancías, en las que se centran nuestras preferencias, siendo casi siempre el objetivo principal de la compra. Luego el grupo, hasta ahora compacto se disgrega, yo me dirijo hacia el área de carnes y verduras, mientras el resto me espera en la de la fruta.
Por espacio de una hora nos dedicamos a comprar, no solo lo que necesitábamos para la semana, sino aquello con lo que el domingo podemos sorprender a los amigos.
Al regresar y ver a ese conjunto de hombres que abandonan contentos el mercado, con sus cestas, sus éxitos y sus fracasos, pienso en lo irreal de la vida. Estamos solos, nos hemos desengañado de esas ilusiones iniciales que todos teníamos y nos recluimos por último en la compra y la cocina.
Todos manejamos una casa vacía, todos sabemos cocinar y por eso nuestro prurito consiste en ofrecer un plato típico o refinado en nuestras reuniones culinarias de los domingos. Esta especie de fiesta gastronómica presenta otra ventaja, los sábados por la tarde hay que dedicarse exclusivamente a la cocina.
La comida de los domingos muestra un pequeño regusto a la patria. Cada uno aporta algo de ese menú elaborado el día anterior. Desgraciadamente ni el orden ni la etiqueta tienen aquí cabida. Sobre una mesa baja y siempre con alguna que otra botella de vino, obsequio cariñoso de quienes no están dotados para la cocina, empiezan a aparecer tortillas, pulpo a feira, almejas a la marinera, croquetas, albondiguillas, callos, paella, en fin una verdadera orgía gastronómica que siempre parece excesiva pero que termina desapareciendo por completo. El café, el coñac y la tertulia es el broche, no de oro, con que se cierran nuestras comidas dominicales.
Por la noche, cada uno en su casa, ordena sus ideas para el próximo día y empieza a precisar ya en el menú del próximo domingo. Son tardes frías, tristes; se está solo contemplando las calles vacías de Quito, se piensa en todo lo que se dejó allá en Madrid, en Lugo, en Cáceres, en tantos sitios, se intenta evitar caer en ese hastío en el que algunos, los menos fuertes o los peor dotados, han perdido las ilusiones y a veces la vida.
Piensan, piensan mucho. Yo pienso y recuerdo. Veo a esos hombres maduros deambular cansinamente por las calles, apoyándose en las barras de los bares pidiendo ese cortado, ese vino, esa tapita tan querida para ellos. Los contemplo ir y venir por los mercados arrastrando grandes cestas y porfiando con los vendedores en busca de los productos mejores y más económicos. Los oigo hablar, al principio de sus negocios, luego de mujeres, cada vez menos, por último de sus problemas, de sus pequeñas frustraciones, de sus aficiones; me mezclo con ellos en sus discusiones bizantinas sobre futbol, política o dinero, siempre filosóficas y sin que se obtenga nunca conclusiones aceptables, bien por desconocimiento de los temas, bien por falta de información. Aún creen seguir viviendo en aquellas sociedad que dejaron hace tiempo, no se dan cuenta que ha evolucionado y que ni se preocupa ni les importa ni les comprende. Alejados de su patria luchas, muchas veces sin saber porqué, pero sienten su tierra, la aman, la añoran y quieren mantenerla en su mente y en su vida tal como la recuerdan, tal como la desean.
Son, somos, hombres solos perdidos por las calles del mundo, buscando un no sabemos que, rechazando manos amigas, encerrándonos en nosotros mismos. Somos vagabundos desarraigados, a veces forjadores de imperios y fortunas, pero a la postre, hombres tristes que no unimos con otros como nosotros para formar ese enorme ejército de solitarios que pueblan las ciudades, que no se ven y que únicamente se perciben cuando, como ellos, se está solo.